lunes 4 de febrero de 2008

Gracias, Bram Stoker















Cuando la vi por primera vez supe, no sé explicar ahora por qué o como, que su piel tenía esa ligera y profunda coquetería con el entorno. Cada paso que daba era una explosión erótica que se producía por el choque de sus caderas con el aire. Sus tacos sonaban como el gruñido de una tigresa en celo y sus caderas era el tambor que marcaba la melodía ardiente del amor. Su anatomía, vaya que la recuerdo, estaba construida con el salvajismo y la osadía de una amazona, con la infantil y voluminosa indecencia de una muchacha, con la crudeza y agresividad del canibalismo. La vi por primera vez y su taconeo desafiante y tentador me mostraron el camino de la carne y el placer, de la posesión y la entrega desmedida.
La conocí y al rozar mis labios en esa mejilla, en ese saludo, sentí que frente a mí tenía un volcán.
Hay mujeres que son carne, pero no las hacen ni más ni menos mujeres. Hay mujeres que son una Biblia orgiástica, ángeles delegados a la tierra para que el hombre se lance en picada a ese torrente de locura, sin importarle ni el amor, ni la fe, ni su estado civil, ni el dinero, ni nada. Son regalos que nos da el Dios supremo a los hombres de buena voluntad como uno. Son afroditas, dalilas, anaises, evas, galas, fridas, quintralas, marilyns, madonas, matajaris, salomés y esa coreógrafa cincuentona que siempre se le divisan las tetas.
Y como sentí que era un regalo por mi fidelidad y buena onda, aprovechando que quedé solo en el departamento, que mi pareja se marchó – nuevamente- a una de esos viajes al viejo continente; a esta ninfa desnuda y urbana, la tuve tendida en mi sofá. No voy a contar detalles de como llegó allí, de como fuimos planeando ese encuentro ni de los cómplices que nos ayudaron a llevar adelante ese plan infiel y erótico. No voy a contar los piscos sour que ingerimos, ni cuantas cajetillas nos fumamos. Tampoco voy a contar la vez que resbalamos del mismo sofá por el tamaño de su culo, el revolcón libidinoso y el entusiasmo de semental que me embargaba. No voy a decir, tampoco, que con ella pase la pena cuando mi pareja me dejó (por este tipo de comportamientos, claro está).
Pero aquella vez que estábamos solos en el departamento, destapando botellas y hablando cosas que no recuerdo bien; ahí, mis manos fueron jugando con su cintura y mi lengua alcanzó a serpentear en sus labios como una víbora que expelía una excitación incontrolable. Ella gemía y su cuerpo se abría a mí como si la tierra se abriera para que me entierren vivo. Sus manos eran tentáculos – como mis propias manos- que recorrían mi espalda y su aroma entraba en mí, poro a poro, beso a beso y restriegue a restriegue. La frescura de su aliento me embargaba la boca y esos besos me regalaban el sabor a cigarrillo, a carne, a mujer. Lentamente fui desabrochando su blusa negra, mis manos se ponían ansiosas entre los ósculos, movimientos y gemidos; se me hacía difícil desnudarla. Pero cuando lo conseguí y cuando pude darme cuenta de que tenía sus pechos con dos guindas negras como pezones, mi lengua, mi boca y mis dientes se dieron un festín que no pudieron remediar. Eran bellas sus manos, sus uñas pintadas y el perfume de mujer común. Era bella su mirada a lo Marilyn Monroe, con esos ojos como apagados, orgásmicos. Era bello su ombligo. Eran bellos sus pechos sabrosos, elegantes, libres, floridos. Sus pezones carnosos, robustos, largos, perfectos.
Sentía el aroma a su vagina que se abría y ni siquiera la había desnudado por completo. Se subió arriba mío como si quisiera montarme, como si fuera su potro con el cual se daría un amplio galope. Allí mis manos se perdieron en la redondez de sus caderas y ella se convirtió en mi potra… De repente, se apartó de mí, se tapó los pechos y se bebió un largo sorbo de pisco sour. No sabía que mierda le había pasado.
“Estoy en mi periodo”… Ah, menos mal que era eso. Había creído que no la había excitado lo suficiente o que, en el peor de los casos, estaba solo calentándome el agua para no bebérsela. Sin embargo, estaba avergonzada y quizá pensaba que a este perro no le gustaba tener sexo con mujeres en su periodo. Aunque no lo crean he conocido hombres que no les gusta, que les da asco o qué sé yo. Es evidente que a mí me tiene sin cuidado.
Pero seguimos bebiendo. Seguimos fumando y seguimos conversando. Mis dedos, de vez en cuando, rozaban sus piernas y rogaban la desenvoltura de su cuerpo, de su lujuria y su pasión que escondía tras su vergüenza. Pero me era complicado, por decirlo menos.
Y entre las conversaciones, las indirectas, las bromas, las risas, las canciones que cantamos, las miradas cargadas de lascivia y entre trago y trago, terminamos hablando de cine. A ella le gustaba el cine de terror y recién, después de no sé cuantos largos minutos, pude encontrar la tabla de náufrago que podía salvar el deseo sexual que ya no resistía.
Es sabido que a Bram Stoker, autor de Drácula, había muerto de sífilis o una enfermedad de esas, que le había contagiado una prostituta. Es sabido - o quizá inventado por mi loca imaginación – que a Bram Stoker le encantaba relacionarse sexualmente con ese tipo de mujeres – flores hermosas en el desierto mundo erótico de los hombres - cuando estas estaban en su periodo menstrual. Drácula no es el vampiro hijo de Satanás que nos asusta; si no que es un canto, una oda al erotismo y al juego sexual que se esconde en la oscuridad misteriosa de la noche. Al tal conde se le alargaban los colmillos tal cual se me alarga mi miembro sexual cuando me excito. AL tal conde le encantaba salir a buscar doncellas y cuando las mordía, también ellas se convertían en espejismos noctámbulos, las contagiaba, las pervertía con ese extraño placer. El conde penetraba sus dientes afilados, luego de que su mirada seducía los ojos puros y angelicales de las iniciadas, entre besos desgarradores y saliva pura de pasión, amor, entrega y carnalidad. En fin, un mundo erótico, oscuro, oculto, sangriento, bello, poético, rico, libre, placentero.
Frente a mi magnífica disertación sobre Bram Stoker y la literatura erótica, ella quedó con los ojos más orgásmicos que nunca.
“Déjame ser el Bram Stoker chileno, déjame sentir tu vagina con todos esos flujos y toda su pasión”…
Ella no me dijo nada. Simplemente me tomo la mano y jugando a no saber qué hacer, la puso en su pecho. Yo cogí aquella teta hermosa y la froté. La miré a los ojos y la besé. Luego coloqué una sábana sucia en la cama y deposité ese cuerpo maravilloso ahí. Una maravillosa luna llena se colaba por la ventana, mientras yo me sumergía en esa vagina majestuosa que me daba la ilusión de convertirme en Drácula…

lunes 22 de octubre de 2007

Lo que Nunca conté...







Y sé que las cosas que me pasan me las merezco. Sé, además, que cuando ya perdiste todo, no vale la pena arrepentirse. Por lo tanto, no me arrepiento de nada.

Estas historias las he llevado en mi memoria y las cuento ahora que ya no causarán el daño que hubiesen causado en un tiempo atrás…

Ahora las cuento.


La Estrella Fugaz de Lima




Estando yo en el cielo sin estrellas, sin sol, siempre nublado de Lima; acompañado por mis brothers de siempre, con una cuzqueña heladita en mi mano tiritona y unos cuantos cigarrillos de marihuana en el cuerpo ofrendados por nuestros ángeles peruanos; mientras esperábamos nuestro estreno en ese encuentro de teatro Internacional; viendo a cuanta muchacha que pasaba y extendiéndole la galanura en nuestra sonrisa y mirada de chispa; bromeándonos, alimentando nuestros lazos de rockstars undergrounds; allí en ese momento, mientras bajaba las escaleras con la resaca a cuestas, la conocí.

Por ese entonces cargaba la cruz de la culpa y el compromiso con una ex novia y reconozco que en ese polvo y en el desierto, con la humedad del aire y la libertad de no estar en mi tierra y que nadie me conocía; las ganas de revolcarse con una buena hembra era una idea más que sensata. Por eso mis ojos cuando la vieron encendieron cierta llama o se manifestaron con una chilena coquetería, que a ella le provocaron entre risa e interés, pues me sentía como un vicio más caminando por las calles de Lima, entregando versos obscenos al aire y dejando invitaciones impúdicas a las doncellas latinas y sabrosas que se meneaban por las calzadas como queriendo ser seducidas por cualquiera.

La conocí cuando recién llegó y las ojeras del viaje la hacían ver más bella. Con un beso en la mejilla le señalé que era la más guapa y que por ese viaje me convencería de que estaba sin compromisos. También le dije con ese beso que cuando la gata no está, las ratas, como yo, hacen fiesta.

No nos vimos hasta al otro día, pero no me preocupó: había tantas muchachas caminando sin dueños. Unas nalgas mexicanas, otras caderas aztecas, unas tetas de Torreón, una pantera argentina, pieles peruanas y místicas, una bella blancura neozelandesa y una sabrosura y sensualidad brasileña: ¡había para todos los gustos!…

Pero este Perro no puede estar sin ese que sé yo que tiene el alcohol, las mujeres y la locura. Reconozco que ni siquiera me creo galán, con esta cara de tortuga y mi carencia de mentón, las piernas flacas y mi ausencia total de nalgas; no me permiten ser el príncipe azul para las damas ni el semental que todas quieren tener entre sus piernas; pero sé que me llama tanto la atención la indecencia que siempre encuentro la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta para poder deslumbrar con esa luz cegadora como un disparo de nieve…
El hostal donde nos alojábamos se convirtió en el centro de eventos y fiestas del festival. La “embajada chilena” se ponía con el espacio y todos los participantes del encuentro llegaban todas las noches a nuestro dormitorio, con la alegría latina y la espontaneidad de hermanos. Entre esos, ella también…

Y así, mi mano atrevida que se desliza por su hombro, que viaja, corre desaforada por su espalda, como dejando las huellas de mis dedos en su ropa. Abrazaron en una noche sin estrellas ese cuerpo… Mientras los otros bebían y cantaban, los chistes iban y venían, los romances brotaban en esa noche enamorada y en donde todos nos mirábamos con la mejor cara; allí mi boca busco sus labios carnosos y venezolanos, como una llanura o un valle verdoso, como si el aliento de la primavera reinara en su boca. Mi boca le enseño el beso que yo enseño y sus labios me mostraron las caricias que ella enseña. Uno a uno nos fuimos entregando a lo que nuestros cuerpos buscaban saciar… Pero no había un espacio físico.

Corrimos por todo el hostal buscando un puto cuarto vacío, pero no lo hallamos. Esa noche nos convertimos en agua por culpa de las caricias y por no culminar el acto infiel que cometía.

Al otro día me preguntó si tenía novia y lo negué. Pero ella se rió, me mostró sus perlas blancas de su boca. ¿Por qué te ríes?, Le dije sintiéndome tonto. Por que anoche no paraste de hablar de ella, antes de besarme… Y era verdad, siempre hablaba y hablaba de ella, como si mi mundo girara en ella. Pensé que al estar comprometido nuestra aventura quedaría allí, pero no. Seguimos con besos y más besos… Tiempo después me diría que le había encantado cierta frase que manifesté: “Sin mi novia me perdería” y ahora ya estoy perdido, pero feliz.

¿Qué signo eres?; No creo en los signos; Pero dime, chico; Escorpio, po’; ¿Escorpio? Yo también, chico; ¿En serio? ¿Qué día naciste?; diecinueve de noviembre, chico; Yo también… no me digas que eres igual de caliente que yo; Eso todavía no te lo voy a responder ahorita… Y nos fuimos por las ramas de los besos hasta encontrar el tronco de la concupiscencia plena, hasta encontrar el fruto de nuestros sexos…

Nos quisimos en todo ese tiempo pero sabíamos que ese amor solamente duraría lo que dura el festival. Trece días de encuentros y blasfemias carnales, de suavidad de sus caderas y sabrosura de sus labios. Trece días en donde nuestros cuerpos formaban una estrella fugaz en el cielo marchito de Lima, fugaz por que el brillo de nuestro romance tenía fecha de vencimiento. Trece días en donde mi lengua recorrió su ombligo y bebió el agua ardiente de su entrepierna, donde ella probó con su boca los contornos y el sabor de mi cuerpo. Trece días en el cual sucumbimos en las sábanas que llevé sin querer y ahora se convertían en el cielo en donde volábamos como dos locos amantes furtivos, amarrados, sudados, chupados, lamidos, saciados, copulados y amados. Un poema escribí con mis manos en su espalda y ella una danza hizo en mi, baile que no olvido…

Descubrimos que había un sólo lenguaje, la de nuestros cuerpos que salieron al mundo el mismo día de noviembre…

Pero la última noche en donde se celebraba una fiesta de clausura, no sé que mierda me dio. Quizás ya intuía que quedaba poco de días de fiesta y volvería a la rutina y a la soledad de Santiago. Volvería a seguir creyendo en el proyecto que había construido con mi ex y eso me daba un sentimiento de culpa, nuevamente… No quise ir a la fiesta y preferí beberme todo un ron y fumarme no sé cuanta marihuana. Esa noche me senté afuera, en la calle y pensaba, pensaba…

Ella me miraba desde adentro y me invitaba a bailar, yo no le hice caso.

No sé cuando se fue a dormir, pero debió haber sido temprano: al otro día volvía a a Maracaibo.

Yo seguí bebiendo.

Nunca más la vi y todo su cuerpo, sus palabras y sus ojos son solamente una luminosa estrella fugaz que voló en el cielo patético de mi existencia vulgar…


Continuara…

martes 16 de octubre de 2007

Mary es mi amor, última parte









Ahora no tengo los lentes que compré con Mary, los rompí para que no quedasen rastros de ella en mi vida. Sus fotografías, su ropa, sus discos, todo ha sido guardado bajo mi cama y espero que un día desaparezcan. Ahora la casa está vacía y aunque el sol parece entrar más esplendoroso que antes, siento todo muy oscuro.
Mary se fue para siempre. Mary encontró en otros ojos ese sol que yo le ofrecí en un momento. Yo no la supe cuidar.

Como poder contar en estas líneas todo lo que vivimos los últimos meses. Como poder contarle a Mary que fue una decisión correcta haberme cortado las alas de mi amor para ella. Cómo decirle a ella que lo lamento. Que ruego por otra oportunidad…

Ella se fue hace meses y seguimos a pesar de la distancia, alimentando este amor o rescatando las cenizas de algo que había en nuestros corazones. De verdad que quise estar con ella, aunque en momentos perdía el aliento y me perdía en ese mundo que no me rechaza, el alcohol y la noche. Pero así mismo me volvía a levantar siempre con los ojos de ella como guías… Sin embargo, ella seguía en esa escena en donde me sorprendió con otra. Mary, con sus ojitos convertidos en lágrimas, con una leve sonrisa de esperanza, con su voz y su razón; le era más fuerte esa imagen que la que yo quería provocarle. Ella no confiaba en mis palabras y muchas veces cuando nos veíamos, miraba mis ojos y ese “¿Me quieres?” Que me decía, preguntaba en verdad: “¿No me haz engañado?”… Claro que no, nunca más… Porque yo fui algo en tu vida, porque ella me valoró con su piel blanca, con sus palabras mal dichas, con su esperanza de haber encontrado el gran amor en su vida…

Pero ella sufría y no estaban mis brazos para reconfontarla. Ella se perdía en las noches de preguntas sin respuestas, ella buscaba la tranquilidad y la paz que alguna vez yo significaba. Ella, mi Mary, estaba destruida, estaba envuelta en lamentos y aunque miraba mis fotografías, aunque se alegraba con mis buenas noticias y buscaba mi presencia en las cosas de ella; Mary se le fue, lenta y dolorosamente, el amor…

Ahora que escribo estas líneas, reconozco que todo estaba en mis manos y el dolor que tengo es por que se me fue, se me escapó de mis dedos…

Yo soy el Perro Sanhueza, yo soy el que deambula en las noches inspeccionando la oscuridad de las calles, buscando el rastro de las putas o el suspiro enamorado de los travestis. Yo soy el que navega en un vaso dorado de cerveza y que se enamora de las hojas que caen de los árboles. A mí se me escapa el corazón por la boca y regalo el mundo por sentir u oler las carnes sabrosas de una buena muchacha. Yo soy el que recita los versos profanos en el oído y el que construye desiertos y mares en cualquier espalda desnuda. Yo riego mi patetismo con la palabra exacta o la frase graciosa, yo soy el payaso depresivo que piensa que el mundo no da vueltas y que todo es una mierda… Todo eso quise cambiar por Mary, quizá perdía mi propia identidad, quizá me sentía responsable por ella, desde el principio adquirí el papel de hacerla feliz… Y claro, era solamente el rol y no mi esencia, por eso la hice desdichada…

El sol me invita esta mañana a caminar por las calles de Santiago, calles que desde ahora caminaré solo.

Mary, encontró el sol en otros ojos y dice que son el uno para el otro. Nosotros nunca lo fuimos. Nosotros nos enamoramos de la historia de amor que ambos escribíamos, pero no nos enamoramos de nosotros mismos. Por que ella era lo blanco y yo era lo negro. Por que ella era prudente y yo un obsceno. Por que ella confiaba en mí, pero yo no me daba ni un peso…

El dolor que a Mary afixiaba ya no existe. Eso me hace un poquito feliz.

Mary descubrió el amor cuando lloraba sola en esas noches sin respuestas. Esas manos nuevas le dieron un sentido a su vida y le llenó de caricias y besos, ese hombre es el agua que nutre la tierra que yo dejé secar. Esas manos reconstruirán a Mary y será una nueva mujer. Pero siempre ella tendrá en una partícula de su corazón al Perro Sanhueza que seguirá caminando por las calles de un Santiago salvaje…

Mary era mi amor y sólo con ella encontré algo parecido a la felicidad…
Ahora pongo el punto final.
FIN

miércoles 11 de abril de 2007

Mary es mi amor





Si un día me faltas tú, que Dios me ayude a morir.





Viví con Mary la felicidad. Ella se transformó, paulatinamente, en el soporte de toda mi vida. Todos mis miedos ella disipaba. Mis angustias, mis frustraciones, todo. Ella fue la tabla de naufrago que me salvó en el oleaje inquieto de mi existencia. Ella era mi amor, sólo con ella vivía la felicidad.


Pero uno siempre destruye lo que ama.


Uno siempre, sin querer, destruye todo lo que ama.


Cierta ocasión después de una borrachera, de esas en que todo se olvida y se quiere vivir aquel momento con el máximo de libertad... La verdad que ni siquiera recuerdo como sucedió. Solo en mi imaginación atrofiada aparecen rostros, palabras, bromas, situaciones y mucho alcohol: ron, pisco, vino, cerveza... Una neblina de imágenes y sensaciones que me atormentan hasta ahora.




Mary estaba en su esquina, trabajando. Buscando clientes para darle un contacto y una hora de ilusión. Yo bebía como idiota en nuestra casa, acompañado de una manada de bacantes.




Pero esa perra, que ni siquiera recuerdo su nombre, logró encender ese fuego que no se apaga, ese fuego que se prende bajo tu cierre y te hace cometer estupideces. Esa perra, esa perra me mostró sus tetas. Esa perra busco mi lengua con su lengua, esa perra se calentó conmigo. Yo seguía en un mundo de aventuras y locura, de beber y fumar y mandar todo al carajo. De pasarla bien. Lamentablemente no pensé ni con la cabeza ni con el corazón. Creo que ni siquiera pensé.




Ay Mary, amor de mi vida. Perdona a este tonto, por favor...




Mary, para resumir todo, no le fue bien en el trabajo y en la madrugada, tipo tres, abrió la puerta del departamento. Con todas las ganas, quizás, de aferrarse a mis brazos y hacer el amo conmigo, hacer el amor y no abrirse de piernas como lo hace en su trabajo. Ella entró al departamento y una niebla opacó su alma. Un vidrio se trizó en sus ojos. Una llama de rabia se encendió en su pecho. RABIA.


Me sorprendió follándome a esa perra.


Me sorprendió con mis manos y mi lengua en otro cuerpo. Montado en otra, exclamando el suspiro profano en otra piel, en otros ojos, en otro cuerpo.




Ella no reaccionó como reaccionarían otras mujeres. No se marchó ni me golpeó, ni me garabateó.


Simplemente se sentó, ordenó que nos sentáramos frente a ella.


Y, mirándome a los ojos como queriendo encontrar en mi alma la respuesta, me pregunta:


-Por que?... Por que?-




Su voz no sonaba a mujer que llora por dentro.






viernes 6 de abril de 2007

Mary es mi amor... (continuación)









La noche del desnudo corazón.






A Mary le encantaba asomarse a la ventana después de hacer el amor. Se mostraba desnuda, no importando si fuese de día o de noche. No le importaba. Una sonrisa se le dibujaba en su cara, pues se mostraba a todo el mundo feliz, como diciendo que por fin era querida, que por fin era aceptada por un hombre. Yo me quedaba fumando un cigarrillo en la cama, mientras observaba los contornos, la piel y el cabello negro de Mary.
En cierta ocasión, cuando mostrábase orgullosa por la ventana; se abalanzó sobre mi, abrazándome con fuerza.
- Me quieres? - Me preguntó, mientras sus ojos se clavaban en los míos, como queriendo explorar mi alma para encontrar la respuesta.- Dime Sanhueza, me quieres? - Su aliento se pegaba en mi boca, el perfume barato se colaba por mis narices - Llevo viviendo contigo dos semanas, han sido para mí las mejores de mi vida – Sus palabras a veces tenían un aroma a dulzura, a ternura, a una ilusión infantil – De verdad Sanhueza, no sonrías así, parece que no me creyeras – Si, sus palabras parecían de una adolescente que se entrega por primera vez al amor, a pesar de sus cuarenta y tantos.
No le dije nada, solamente mis manos volaron por el cielo de su espalda. La besé largamente y una lágrima se derramó por sus mejillas, humedeciendo las mías.
-Nadie me ha tratado como tú, Sanhueza – Su voz se esparció en mí.
De nuevo volví a callar, le derramé una caricia por el pelo.
Después se vistió y se fue a trabajar a la misma esquina donde la conocí.
“Ojalá que no le pase nada” Pensé.

sábado 24 de marzo de 2007

Mary es mi amor.



SÓLO CON ELLA VIVO LA FELICIDAD
Caminando por Bustamante a las tres de la mañana, después de navegar en la marejada dorada de cervezas en la Nona; me encontré por primera vez con la Mary.
Me detuve frente a ella, simplemente con el objeto de apreciar su cuerpo que aún conservaba algo de encanto. Con una sonrisa, la muy diabla, se acercó a mí. Cuando estuvo en frente noté que en su escote brillaban un par de inmensas tetas, sus ojos luminosos me invitaban a una cópula.
- Quieres pasar un momento rico - Me dijo. Sus palabras eran un bálsamo que quise desvanecer en mi sexo, para enjuagarlo después con su saliva, su lengua y su entrepierna.
- Ya es rico estar tan cerca de ti - Me lanzó una carcajada cariñosa.
- Puede ser mejor, mi amor -
- Me imagino. Cuánto sale la atención? -
- Diez luquitas - Y dio un giro para que su trasero se meneara alrededor de mi verga que ya se endurecía.
- Es mucho - Hice ademán de irme.
- Pero toca lo que puedes tener - Y puso mis manos en ese par de tetas. Sus pechos eran blandos, grandes, con un pezón del tamaño de una aceituna - Y son de verdad, mi amor. No son de silicona.
- Son bastante blandas - Se sonrojó - Y tu culo? - Una mano quedó masajeando un melón, mientras la otra palpaba las nalgas.
- Me vas a decir que no te gusta?
- Te voy a decir que eres bastante vieja para mí - Me distancié rápidamente
- No vengas a tratarme mal, porque con lo que tu ves, puedo dejarte enfermo en la cama. Igual se te puso dura conmigo, mi amor. O vas a negar que estabas vuelto loco agarrándome los pechos?- No respondí nada - Viste? Te das cuenta que con diez luquitas puedes chupar mis tetitas - Lentamente comenzó a bajarse el escote, mostrándome sus melones - Enteritas, para ti, mi amor. No te gustaría que lo que se te puso duro estuviera entre medio, mientras lo frote con este par de tetas – Juntaba sus pechos y los presionaba. Su pezón besaba al viento- Y que me tiraras los moquitos aquí- Sacó una lengua de serpiente que la vi jugando en mis testículos- Viste?... Te puedo hacer un precio especial.
- Cómo te llamas?
- Mary.
- Cuántos años tienes?
- Qué importa. Simplemente soy la Mary, enterita para ti.

Le cogí una mano y me la llevé a mi cuchitril.

Al entrar al edificio donde yo vivía, justó frente a unas plantas que intentan embellecer la entrada, la abracé. Ella se me quedó mirando con esos mismos ojos iluminados por la concupiscencia, sonriendo. La besé. Su lengua parecía un pez en cautiverio que por primera vez llega al mar, pues chocaba con mis dientes, con mi lengua, soltaba su baba a chorros por mi boca. Sus besos eran torpes, ansiosos. También me dí cuenta de su olor a axilas... Pero no me importó, estaba exitado.
Mientras subíamos las escaleras, ya que vivía en el cuarto piso, le iba bajando los calzones y la atracaba en la baranda para chuparle las tetas. Ella daba fuertes carcajadas – nada de elegantes - y trataba de escabullirse. Su taconeo despertó a algunos vecinos que prendían las luces de sus departamentos y decían “Por favor, son las tres y media de la mañana”, “Somos gente trabajadora” o “Señor Sanhueza, estamos recién a mitad de semana, déjenos dormir”. Pero eso no me detuvo, por el contrario, con más ganas la perseguía y justo frente a la puerta de la administradora, intenté penetrarla. “Aguantate un ratito, mi amor”, me decía en medio de jadeos y suspiros...

Al cerrar la puerta, rápidamente, me saqué la camisa. Las manos ásperas de la prostituta fueron acariciando mi pecho, como si quisiera convencerse de mi piel joven. También esparció su baba con la lengua en mi cuello, mis tetillas y mis vellos.
Encendí las luces y la desnudé solemnemente. Cerraba los ojos, entregada a mis manos que iban desabrochando su sostén, que acariciaban sus pechos y bajaban su diminuto calzón. Cuando quedó completamente desnuda, al centro de mi cuchitril, me dí el tiempo para apreciarla. Su cara redondeada no era fea, tampoco sus piernas. Y su cuerpo tenía las huellas de una mujer hermosa. Ahora, la mujer hermosa del pasado, estaba convertida en un cuerpo moreno, con panza abundante, en donde una cicatriz de cesárea se marcaba como una grieta en el desierto, y su trasero caía vencido al tiempo y al uso. Coroné cada uno de esos lugares con un beso.
-Tienes que pagarme, mi amor- Sus palabras no sonaban coquetas, no me ofrecían una eyaculación ni parecían un bálsamo lujurioso. Simplemente sonaban cansadas.

Fui a un cajón y saqué los diez mil. Estiré mi brazo para entregárselo y justo en el instante en que lo iba a recibir, los solté. El billete cayó al piso, cerca de mis pies.

-Mary, eres hermosa- Le dije, ella sólo me sonrió.

Al agacharse para recoger el dinero, sentí un beso en mis pies. Un beso que parecía ser producto de un sentimiento de devoción más que de erotismo. Siguió besándome los pies, las uñas, los pocos vellos que brotan en los nudillos. Luego siguió por el empeine, las rodillas, los muslos. Acabó con sus besos transparentes, si así los puedo llamar, con mi pene floreciendo en su boca estrecha, nadando en su saliva, liberándose con esa lengua experta que dibujaba corazones en el glande. Simplemente, ante esa mamada magnífica y sincera quizás, quedé mirando el techo, buscando en mi memoria un momento similar. No lo encontré.

-Ven- Le dije y la llevé del brazo (un brazo grueso, fofo) a la cama. Besé su entrepierna y cada uno de sus vellos púbicos, que eran una selva negra alrededor de una marchita flor cálida.

Sus suspiros danzaron en el aire junto con las jadeos desesperados que brotaban de mí. Mi lengua se aventuró por su enorme panza, por su cicatriz, por esas gigantes tetas que caían por cada lado de su cuerpo. En su corto cuello exhalé un respiro profano y la palabra “PUTA”quedó grabado en sus oídos. “PUTA” volví a decirle con más claridad y fuerza. “PUTA” “PUTA” “PUTA”. Ella solamente cerraba los ojos entregada a mis palabras, a mis manos y a mi verga que ya penetraba su vagina cálida, como apuñalando su alma y rajando su carne de mujer de cuarenta años.

Mientras bebíamos una cerveza y fumábamos, desnudos, en la ventana; Mary cruzó su brazo por mi espalda.

-Te gustó, mi amor?- Me preguntó buscando en mis ojos una respuesta satisfactoria para, quizás, sentirse feliz. Su voz sonaba diferente.
-Claro. Me gustó- Y derramé un beso en su cuello
-De verdad?- Y bajó su mirada.
-Sí, Mary. Me gustó- Le contesté levantando con mis manos su rostro para mirarle a los ojos.
-Bésame, mi amor- Y la besé.

Al día siguiente trajo sus cosas a mi cuchitril y comenzamos a vivir juntos. Nos habíamos enamorado.

sábado 26 de agosto de 2006

UN PERRO VIEJO





perro.

un sólo perro

caminando las calientes veredas

del verano

aparenta poseer los atributos

de diez mil dioses

por qué?

Charles Bukowski(08/16/1920 – 03/09/1994)

Relato Profano







Ese Instante.

(Bienvenida a la Pastoral Juvenil)



La lluvia penetra la tierra. El cura intenta rezar, cierra sus ojos; pero no puede. Aquel cuerpo dormido en el otro cuarto desconcentra su vocación, reblandece su fe, endurece su cuerpo. Se pone de rodillas y enciende las luces. La imagen de Cristo parece no mirarlo. Sigue tratando de orar... Se va a la ducha. El agua fría cae sobre su cuerpo mas mojado por sus deseos que por el agua. No se quita de la mente el cuerpo acostado, plácido y semidesnudo en el otro cuarto. “Tiene sólo dieciséis años”, pensaba. Olvidaba que cualquier mujer de dieciséis, veinte, cuarenta o cien años estaban vetadas para él... Mira por la ventana y la tierra húmeda se abre para las gotas de la lluvia, aquella tierra es tan morena como la adolescente que duerme. “Señor, olvida que soy sacerdote. Sólo déjame sentir esa piel, sólo por esta noche”. Las campanas de la Iglesia, el olor a incienso, el sabor de la ostia y el vino; se iban borrando de su memoria, se interponía la melena crespa, esa piel suave, esos senos como dos palomas negras...El cura camina de allí para allá... En el aire sus manos dibujan el cuerpo de la niña. En el pecho tiene un tambor que marca sus satánicas pasiones. Dentro de su sotana se erecta el conflicto de su fe. “Dios ¿a caso tu no lo entiendes?”... Abre la puerta. La niña duerme. Deja ver sus piernas, sus muslos firmes, suaves, vestidos con la piel de un ángel. El cura tiene un nudo en la garganta, sus manos sudan: la baba del diablo humedece la piel y la carne y el vello y cada maldito rincón del cuerpo... Sigue avanzando, quiere tocar esos pechos, esa entrepierna virgen. Se detiene. “¿Ella querrá entregarse a mí?”, suspira. Pero ese tambor, ay el tambor ensordece sus oídos. Sigue acercándose a la cama. “Señor, si hemos de aceptar de Ti el bien... ¿no podríamos aceptar el mal?”... Cierra los ojos y su miembro endemoniado penetra, rompe la carne virginal. El cuerpo del hombre goza, la boca del hombre esparrama la baba caliente. Como víbora, el hombre chupa, muerde, rasguña... El cura siente por primera vez el ardor de una mujer, el sabor de una mujer, el aroma y el sudor de una mujer. Pone los ojos blancos y sobre el cuello de la muchacha suelta el último respiro, eyaculando el semen santo. Se alivia, suspira, se va... La niña simplemente llora bajo la imagen de Cristo, que parece no mirarla.