
Cuando la vi por primera vez supe, no sé explicar ahora por qué o como, que su piel tenía esa ligera y profunda coquetería con el entorno. Cada paso que daba era una explosión erótica que se producía por el choque de sus caderas con el aire. Sus tacos sonaban como el gruñido de una tigresa en celo y sus caderas era el tambor que marcaba la melodía ardiente del amor. Su anatomía, vaya que la recuerdo, estaba construida con el salvajismo y la osadía de una amazona, con la infantil y voluminosa indecencia de una muchacha, con la crudeza y agresividad del canibalismo. La vi por primera vez y su taconeo desafiante y tentador me mostraron el camino de la carne y el placer, de la posesión y la entrega desmedida.
La conocí y al rozar mis labios en esa mejilla, en ese saludo, sentí que frente a mí tenía un volcán.
Hay mujeres que son carne, pero no las hacen ni más ni menos mujeres. Hay mujeres que son una Biblia orgiástica, ángeles delegados a la tierra para que el hombre se lance en picada a ese torrente de locura, sin importarle ni el amor, ni la fe, ni su estado civil, ni el dinero, ni nada. Son regalos que nos da el Dios supremo a los hombres de buena voluntad como uno. Son afroditas, dalilas, anaises, evas, galas, fridas, quintralas, marilyns, madonas, matajaris, salomés y esa coreógrafa cincuentona que siempre se le divisan las tetas.
Y como sentí que era un regalo por mi fidelidad y buena onda, aprovechando que quedé solo en el departamento, que mi pareja se marchó – nuevamente- a una de esos viajes al viejo continente; a esta ninfa desnuda y urbana, la tuve tendida en mi sofá. No voy a contar detalles de como llegó allí, de como fuimos planeando ese encuentro ni de los cómplices que nos ayudaron a llevar adelante ese plan infiel y erótico. No voy a contar los piscos sour que ingerimos, ni cuantas cajetillas nos fumamos. Tampoco voy a contar la vez que resbalamos del mismo sofá por el tamaño de su culo, el revolcón libidinoso y el entusiasmo de semental que me embargaba. No voy a decir, tampoco, que con ella pase la pena cuando mi pareja me dejó (por este tipo de comportamientos, claro está).
Pero aquella vez que estábamos solos en el departamento, destapando botellas y hablando cosas que no recuerdo bien; ahí, mis manos fueron jugando con su cintura y mi lengua alcanzó a serpentear en sus labios como una víbora que expelía una excitación incontrolable. Ella gemía y su cuerpo se abría a mí como si la tierra se abriera para que me entierren vivo. Sus manos eran tentáculos – como mis propias manos- que recorrían mi espalda y su aroma entraba en mí, poro a poro, beso a beso y restriegue a restriegue. La frescura de su aliento me embargaba la boca y esos besos me regalaban el sabor a cigarrillo, a carne, a mujer. Lentamente fui desabrochando su blusa negra, mis manos se ponían ansiosas entre los ósculos, movimientos y gemidos; se me hacía difícil desnudarla. Pero cuando lo conseguí y cuando pude darme cuenta de que tenía sus pechos con dos guindas negras como pezones, mi lengua, mi boca y mis dientes se dieron un festín que no pudieron remediar. Eran bellas sus manos, sus uñas pintadas y el perfume de mujer común. Era bella su mirada a lo Marilyn Monroe, con esos ojos como apagados, orgásmicos. Era bello su ombligo. Eran bellos sus pechos sabrosos, elegantes, libres, floridos. Sus pezones carnosos, robustos, largos, perfectos.
Sentía el aroma a su vagina que se abría y ni siquiera la había desnudado por completo. Se subió arriba mío como si quisiera montarme, como si fuera su potro con el cual se daría un amplio galope. Allí mis manos se perdieron en la redondez de sus caderas y ella se convirtió en mi potra… De repente, se apartó de mí, se tapó los pechos y se bebió un largo sorbo de pisco sour. No sabía que mierda le había pasado.
“Estoy en mi periodo”… Ah, menos mal que era eso. Había creído que no la había excitado lo suficiente o que, en el peor de los casos, estaba solo calentándome el agua para no bebérsela. Sin embargo, estaba avergonzada y quizá pensaba que a este perro no le gustaba tener sexo con mujeres en su periodo. Aunque no lo crean he conocido hombres que no les gusta, que les da asco o qué sé yo. Es evidente que a mí me tiene sin cuidado.
Pero seguimos bebiendo. Seguimos fumando y seguimos conversando. Mis dedos, de vez en cuando, rozaban sus piernas y rogaban la desenvoltura de su cuerpo, de su lujuria y su pasión que escondía tras su vergüenza. Pero me era complicado, por decirlo menos.
Y entre las conversaciones, las indirectas, las bromas, las risas, las canciones que cantamos, las miradas cargadas de lascivia y entre trago y trago, terminamos hablando de cine. A ella le gustaba el cine de terror y recién, después de no sé cuantos largos minutos, pude encontrar la tabla de náufrago que podía salvar el deseo sexual que ya no resistía.
Es sabido que a Bram Stoker, autor de Drácula, había muerto de sífilis o una enfermedad de esas, que le había contagiado una prostituta. Es sabido - o quizá inventado por mi loca imaginación – que a Bram Stoker le encantaba relacionarse sexualmente con ese tipo de mujeres – flores hermosas en el desierto mundo erótico de los hombres - cuando estas estaban en su periodo menstrual. Drácula no es el vampiro hijo de Satanás que nos asusta; si no que es un canto, una oda al erotismo y al juego sexual que se esconde en la oscuridad misteriosa de la noche. Al tal conde se le alargaban los colmillos tal cual se me alarga mi miembro sexual cuando me excito. AL tal conde le encantaba salir a buscar doncellas y cuando las mordía, también ellas se convertían en espejismos noctámbulos, las contagiaba, las pervertía con ese extraño placer. El conde penetraba sus dientes afilados, luego de que su mirada seducía los ojos puros y angelicales de las iniciadas, entre besos desgarradores y saliva pura de pasión, amor, entrega y carnalidad. En fin, un mundo erótico, oscuro, oculto, sangriento, bello, poético, rico, libre, placentero.
Frente a mi magnífica disertación sobre Bram Stoker y la literatura erótica, ella quedó con los ojos más orgásmicos que nunca.
“Déjame ser el Bram Stoker chileno, déjame sentir tu vagina con todos esos flujos y toda su pasión”…
Ella no me dijo nada. Simplemente me tomo la mano y jugando a no saber qué hacer, la puso en su pecho. Yo cogí aquella teta hermosa y la froté. La miré a los ojos y la besé. Luego coloqué una sábana sucia en la cama y deposité ese cuerpo maravilloso ahí. Una maravillosa luna llena se colaba por la ventana, mientras yo me sumergía en esa vagina majestuosa que me daba la ilusión de convertirme en Drácula…
La conocí y al rozar mis labios en esa mejilla, en ese saludo, sentí que frente a mí tenía un volcán.
Hay mujeres que son carne, pero no las hacen ni más ni menos mujeres. Hay mujeres que son una Biblia orgiástica, ángeles delegados a la tierra para que el hombre se lance en picada a ese torrente de locura, sin importarle ni el amor, ni la fe, ni su estado civil, ni el dinero, ni nada. Son regalos que nos da el Dios supremo a los hombres de buena voluntad como uno. Son afroditas, dalilas, anaises, evas, galas, fridas, quintralas, marilyns, madonas, matajaris, salomés y esa coreógrafa cincuentona que siempre se le divisan las tetas.
Y como sentí que era un regalo por mi fidelidad y buena onda, aprovechando que quedé solo en el departamento, que mi pareja se marchó – nuevamente- a una de esos viajes al viejo continente; a esta ninfa desnuda y urbana, la tuve tendida en mi sofá. No voy a contar detalles de como llegó allí, de como fuimos planeando ese encuentro ni de los cómplices que nos ayudaron a llevar adelante ese plan infiel y erótico. No voy a contar los piscos sour que ingerimos, ni cuantas cajetillas nos fumamos. Tampoco voy a contar la vez que resbalamos del mismo sofá por el tamaño de su culo, el revolcón libidinoso y el entusiasmo de semental que me embargaba. No voy a decir, tampoco, que con ella pase la pena cuando mi pareja me dejó (por este tipo de comportamientos, claro está).
Pero aquella vez que estábamos solos en el departamento, destapando botellas y hablando cosas que no recuerdo bien; ahí, mis manos fueron jugando con su cintura y mi lengua alcanzó a serpentear en sus labios como una víbora que expelía una excitación incontrolable. Ella gemía y su cuerpo se abría a mí como si la tierra se abriera para que me entierren vivo. Sus manos eran tentáculos – como mis propias manos- que recorrían mi espalda y su aroma entraba en mí, poro a poro, beso a beso y restriegue a restriegue. La frescura de su aliento me embargaba la boca y esos besos me regalaban el sabor a cigarrillo, a carne, a mujer. Lentamente fui desabrochando su blusa negra, mis manos se ponían ansiosas entre los ósculos, movimientos y gemidos; se me hacía difícil desnudarla. Pero cuando lo conseguí y cuando pude darme cuenta de que tenía sus pechos con dos guindas negras como pezones, mi lengua, mi boca y mis dientes se dieron un festín que no pudieron remediar. Eran bellas sus manos, sus uñas pintadas y el perfume de mujer común. Era bella su mirada a lo Marilyn Monroe, con esos ojos como apagados, orgásmicos. Era bello su ombligo. Eran bellos sus pechos sabrosos, elegantes, libres, floridos. Sus pezones carnosos, robustos, largos, perfectos.
Sentía el aroma a su vagina que se abría y ni siquiera la había desnudado por completo. Se subió arriba mío como si quisiera montarme, como si fuera su potro con el cual se daría un amplio galope. Allí mis manos se perdieron en la redondez de sus caderas y ella se convirtió en mi potra… De repente, se apartó de mí, se tapó los pechos y se bebió un largo sorbo de pisco sour. No sabía que mierda le había pasado.
“Estoy en mi periodo”… Ah, menos mal que era eso. Había creído que no la había excitado lo suficiente o que, en el peor de los casos, estaba solo calentándome el agua para no bebérsela. Sin embargo, estaba avergonzada y quizá pensaba que a este perro no le gustaba tener sexo con mujeres en su periodo. Aunque no lo crean he conocido hombres que no les gusta, que les da asco o qué sé yo. Es evidente que a mí me tiene sin cuidado.
Pero seguimos bebiendo. Seguimos fumando y seguimos conversando. Mis dedos, de vez en cuando, rozaban sus piernas y rogaban la desenvoltura de su cuerpo, de su lujuria y su pasión que escondía tras su vergüenza. Pero me era complicado, por decirlo menos.
Y entre las conversaciones, las indirectas, las bromas, las risas, las canciones que cantamos, las miradas cargadas de lascivia y entre trago y trago, terminamos hablando de cine. A ella le gustaba el cine de terror y recién, después de no sé cuantos largos minutos, pude encontrar la tabla de náufrago que podía salvar el deseo sexual que ya no resistía.
Es sabido que a Bram Stoker, autor de Drácula, había muerto de sífilis o una enfermedad de esas, que le había contagiado una prostituta. Es sabido - o quizá inventado por mi loca imaginación – que a Bram Stoker le encantaba relacionarse sexualmente con ese tipo de mujeres – flores hermosas en el desierto mundo erótico de los hombres - cuando estas estaban en su periodo menstrual. Drácula no es el vampiro hijo de Satanás que nos asusta; si no que es un canto, una oda al erotismo y al juego sexual que se esconde en la oscuridad misteriosa de la noche. Al tal conde se le alargaban los colmillos tal cual se me alarga mi miembro sexual cuando me excito. AL tal conde le encantaba salir a buscar doncellas y cuando las mordía, también ellas se convertían en espejismos noctámbulos, las contagiaba, las pervertía con ese extraño placer. El conde penetraba sus dientes afilados, luego de que su mirada seducía los ojos puros y angelicales de las iniciadas, entre besos desgarradores y saliva pura de pasión, amor, entrega y carnalidad. En fin, un mundo erótico, oscuro, oculto, sangriento, bello, poético, rico, libre, placentero.
Frente a mi magnífica disertación sobre Bram Stoker y la literatura erótica, ella quedó con los ojos más orgásmicos que nunca.
“Déjame ser el Bram Stoker chileno, déjame sentir tu vagina con todos esos flujos y toda su pasión”…
Ella no me dijo nada. Simplemente me tomo la mano y jugando a no saber qué hacer, la puso en su pecho. Yo cogí aquella teta hermosa y la froté. La miré a los ojos y la besé. Luego coloqué una sábana sucia en la cama y deposité ese cuerpo maravilloso ahí. Una maravillosa luna llena se colaba por la ventana, mientras yo me sumergía en esa vagina majestuosa que me daba la ilusión de convertirme en Drácula…














