
Ese Instante.
(Bienvenida a la Pastoral Juvenil)
La lluvia penetra la tierra. El cura intenta rezar, cierra sus ojos; pero no puede. Aquel cuerpo dormido en el otro cuarto desconcentra su vocación, reblandece su fe, endurece su cuerpo. Se pone de rodillas y enciende las luces. La imagen de Cristo parece no mirarlo. Sigue tratando de orar... Se va a la ducha. El agua fría cae sobre su cuerpo mas mojado por sus deseos que por el agua. No se quita de la mente el cuerpo acostado, plácido y semidesnudo en el otro cuarto. “Tiene sólo dieciséis años”, pensaba. Olvidaba que cualquier mujer de dieciséis, veinte, cuarenta o cien años estaban vetadas para él... Mira por la ventana y la tierra húmeda se abre para las gotas de la lluvia, aquella tierra es tan morena como la adolescente que duerme. “Señor, olvida que soy sacerdote. Sólo déjame sentir esa piel, sólo por esta noche”. Las campanas de la Iglesia, el olor a incienso, el sabor de la ostia y el vino; se iban borrando de su memoria, se interponía la melena crespa, esa piel suave, esos senos como dos palomas negras...El cura camina de allí para allá... En el aire sus manos dibujan el cuerpo de la niña. En el pecho tiene un tambor que marca sus satánicas pasiones. Dentro de su sotana se erecta el conflicto de su fe. “Dios ¿a caso tu no lo entiendes?”... Abre la puerta. La niña duerme. Deja ver sus piernas, sus muslos firmes, suaves, vestidos con la piel de un ángel. El cura tiene un nudo en la garganta, sus manos sudan: la baba del diablo humedece la piel y la carne y el vello y cada maldito rincón del cuerpo... Sigue avanzando, quiere tocar esos pechos, esa entrepierna virgen. Se detiene. “¿Ella querrá entregarse a mí?”, suspira. Pero ese tambor, ay el tambor ensordece sus oídos. Sigue acercándose a la cama. “Señor, si hemos de aceptar de Ti el bien... ¿no podríamos aceptar el mal?”... Cierra los ojos y su miembro endemoniado penetra, rompe la carne virginal. El cuerpo del hombre goza, la boca del hombre esparrama la baba caliente. Como víbora, el hombre chupa, muerde, rasguña... El cura siente por primera vez el ardor de una mujer, el sabor de una mujer, el aroma y el sudor de una mujer. Pone los ojos blancos y sobre el cuello de la muchacha suelta el último respiro, eyaculando el semen santo. Se alivia, suspira, se va... La niña simplemente llora bajo la imagen de Cristo, que parece no mirarla.
La lluvia penetra la tierra. El cura intenta rezar, cierra sus ojos; pero no puede. Aquel cuerpo dormido en el otro cuarto desconcentra su vocación, reblandece su fe, endurece su cuerpo. Se pone de rodillas y enciende las luces. La imagen de Cristo parece no mirarlo. Sigue tratando de orar... Se va a la ducha. El agua fría cae sobre su cuerpo mas mojado por sus deseos que por el agua. No se quita de la mente el cuerpo acostado, plácido y semidesnudo en el otro cuarto. “Tiene sólo dieciséis años”, pensaba. Olvidaba que cualquier mujer de dieciséis, veinte, cuarenta o cien años estaban vetadas para él... Mira por la ventana y la tierra húmeda se abre para las gotas de la lluvia, aquella tierra es tan morena como la adolescente que duerme. “Señor, olvida que soy sacerdote. Sólo déjame sentir esa piel, sólo por esta noche”. Las campanas de la Iglesia, el olor a incienso, el sabor de la ostia y el vino; se iban borrando de su memoria, se interponía la melena crespa, esa piel suave, esos senos como dos palomas negras...El cura camina de allí para allá... En el aire sus manos dibujan el cuerpo de la niña. En el pecho tiene un tambor que marca sus satánicas pasiones. Dentro de su sotana se erecta el conflicto de su fe. “Dios ¿a caso tu no lo entiendes?”... Abre la puerta. La niña duerme. Deja ver sus piernas, sus muslos firmes, suaves, vestidos con la piel de un ángel. El cura tiene un nudo en la garganta, sus manos sudan: la baba del diablo humedece la piel y la carne y el vello y cada maldito rincón del cuerpo... Sigue avanzando, quiere tocar esos pechos, esa entrepierna virgen. Se detiene. “¿Ella querrá entregarse a mí?”, suspira. Pero ese tambor, ay el tambor ensordece sus oídos. Sigue acercándose a la cama. “Señor, si hemos de aceptar de Ti el bien... ¿no podríamos aceptar el mal?”... Cierra los ojos y su miembro endemoniado penetra, rompe la carne virginal. El cuerpo del hombre goza, la boca del hombre esparrama la baba caliente. Como víbora, el hombre chupa, muerde, rasguña... El cura siente por primera vez el ardor de una mujer, el sabor de una mujer, el aroma y el sudor de una mujer. Pone los ojos blancos y sobre el cuello de la muchacha suelta el último respiro, eyaculando el semen santo. Se alivia, suspira, se va... La niña simplemente llora bajo la imagen de Cristo, que parece no mirarla.

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